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UN SEPELIO SINGULAR

28 Apr

Hay muy poca variación en los sepelios, por lo general todos son iguales, si hay alguna variación obedece principalmente a las costumbres que varían de un estado de la Reública a otro. La mayoría de los asistentes a un sepelio son adultos y visten ropa de colores obscuros, dominando el negro, los rostros cabisbajos, los ojos llorosos y tristes, las pocas palabras y las manifestaciones de dolor, se apoderan de quienes están presentes en un acto tan importante y doloroso como éste.

Este sepelio, al que yo  llamo singular, tuvo lugar en la Ciudad de México en la época en que dominaban las pandillas, grupos de jóvenes que sembraron el miedo en poblaciones donde vivían debido a su alto índice de criminalidad. La rivalidad entre ellas era tal que frecuentemente se enfrentaban en riñas, quitándose la vida los unos a los otros, sólo para mantener el control en ciertos territorios que consideraban de su propiedad.

En cierta colonia al norte de la ciudad, había dos pandillas muy peligrosas. Todos los habitantes del lugar les tenían pavor. Una noche ya avanzada la hora se oyeron disparos de arma de fuego, gritos y lamentos; resultado de una de tantas revueltas pandilleriles, sólo que en esa ocasión uno de los miembros de una de las pandillas en disputa, resultó muerto.

La noche siguiente se llevó a cabo el velorio en la casa del difunto. Se le pidió al sacerdote de la iglesia del lugar que oficiara en la ocasión, pero él se negó en cuanto supo de quién se trataba y cómo había perdido la vida. En vista de esa negativa, los familiares ya no intentaron pedirle que les asistiera en el entierro. Alguién les sugirió hablar con un cristiano vecino, pues, tal vez su Pastor no se negaría en darles ayuda. Ese creyente era amigo mío, y aunque yo no era su pastor, pensó en mí debido a que su pastor se encontraba enfermo.

Platicó conmigo invitándome a participar, y me hizo ver los riesgos que habría que enfrentar en el caso de que aceptara. En primer lugar, los asistentes al sepelio serían en su mayoría jóvenes; en segundo lugar serían los integrantes de las dos pandillas que habían protagonizado la pelea, y en tercer lugar, había también la posibilidad de que entre ellos mismos estuviera el asesino, y que allí mismo, en el cementerio, se enfrascaran en una lucha más, movidos por una sed de venganza. De manera que era esa ocasión todo un desafío, pero era también una tremenda oportunidad para lanzar un reto a esa juventud para buscar a Dios.

Después de haber demandado la ayuda divina, me dirigí al cementerio, la primera impresión que tuve fue algo inusual, pues ciertamente el noventa y nueve por ciento de los asistentes eran jóvenes; tanto por las facciones de sus rostros como por su vestir daban la impresión de ser muy ¨pocos amigos¨, y llegué a pensar que me sería muy difícil llamar su atención. El Señor me dió gracia ante sus ojos, de tal manera que cuando empecé con la presentación del mensaje, todos estuvieron atentos desde el principio hasta el fin, y me daba cuenta de cómo el Espíritu Santo estaba tocando sus corazones. Hice la invitación para aceptar a Cristo como Salvador, y oraron pidiendo perdón a Dios.

Esa tarde regresé a casa lleno de gozo, y le agradecí al Señor SU PRESENCIA, su divina protección y por la preciosa oportunidad que me había concedido.

 

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