RSS

¡S E Ñ O R,…MÁNDANOS LLUVIAS COPIOSAS¡

16 Apr

¨Lluvias de gracia, lluvias pedimos Señor,

Mándanos lluvias copiosas, lluvias del Consolador.

Así reza la letra de un antiguo himno que cantaban nuestras congregaciones, para puntualizar el libre fluir del torrente del Espíritu Santo en nuestras vidas como en nuestras asambleas e iglesias locales, sedientas de un nuevo despertar espiritual.

En las páginas de la Historia de la Iglesia Cristiana, leemos de los hechos sólidos del gran impacto causado por los grandes avivamientos que sacudieron de pies a cabeza a naciones enteras, siendo el signo característico y distintivo de ellos, la ministración del Espíritu Santo. Gracias a Dios por aquellas fenomenales manifestaciones de su poder cambiando vidas, y llevando a su pueblo a un encuentro con su gracia y misericordia, inflamando de amor el corazón de los creyentes, los unos para con los otros, y hacia los perdidos. Y sin duda esa debiera ser nuestra oración de hoy.

Motivo de profunda preocupación para casi todas las naciones del mundo, son los continuos incendios forestales, originados en su mayoría por la devastadora sequía del Verano, que año con año se agudiza más y más. Las pérdidas son cuantiosas e incalculables, cobrando no sólo la vida de nuestros bosques y de nuestra fauna, sino también la vida de muchos seres humanos, dejando a su paso desolación y muerte. En tales circunstancias se clama al cielo con angustia y desesperación por las lluvias, y cuánto más copiosas, mejor.

Al leer cada año de las graves amenazas de los cientos de incendios que devoran nuestros bosques, viene a mi mente el recuerdo de la siguiente experiencia; la comparto con mis amables lectores y tiene como objeto el infundirles ánimo en dar  testimonio de la bondad divina en las muchas bendiciones que nuestro Dios derrama en nuestras vidas constantemente en  respuesta a las oraciones de quienes confían en él.   Quizás el noventa por ciento del contenido del Libro de los Salmos es el testimonio de cuan grande es nuestro Dios,  para muestra basta un botón, el Samo 34 contiene varios de estos testimonios: ¨Busqué a Jehová. Y él me oyó, y me libró de todos mis temores.¨ ¨Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias.¨ versos 4,6. Continúa con este mismo enfoque en los versos 15 al 22. Y esa es la nota dominante en casi todo el Salterio.

Pues bien, la experiencia a la que quiero referirme, surgió en virtud de la invitación de un misionero americano a visitar la iglesia cristiana evangélica del pueblo donde él vivía. Para ese entonces yo trabajaba como impresor en el Instituto Linguístico de Verano, en la Ciudad de México, y la iglesia se localizaba en la parte norte del Estado de Puebla, es decir, cerca de 200 kilómetros de distancia. Este querido hermano había hecho la promesa a la iglesia, de llevar a un visitante que les compartiera la Palabra en cada viaje que hiciera a la Ciudad; quiso Dios que yo fuera el elegido para esa ocasión.

Nuestra conversación en el camino fue amena y muy interesante. Poco sabía yo de las muchas facetas que tiene la obra misionera, y del trabajo de un misionero; mucho más de lo que leemos en los libros sobre esa materia en particular. Desde entonces valoré todo lo que demanda el ser misionero. Me comentó mi guía del serio problema que enfrentaban los habitantes de ese lugar. Por un lado tenían temor de un incendio forestal, y por el otro, estaban sumamente preocupados por la temporada de sequía, la cual ya se había prolongado por varios meses, más allá de lo normal, y con el peligro de perder sus siembras por la falta de agua. Le escuché sí, pero realmente sin entender que tan seria podría ser esa situación.

Las condiciones del camino fueron excelentes: buena carretera, buen clima, todo alfombrado del verde esmeralda que cubre las montañas de las zonas del trópico, con un aire fresco y limplio, y un cielo tan díafano cual no habia yo visto antes. Tras largas horas de viaje, a todo este fondo escénico, se sumaron los bellos matices de un rojo de diferentes tonalidades que atraían las miradas de todos sin cansar la vista jamás, no se trataba de un montaje artificioso, era belleza natural. Sumamente impresionado, le pregunté al misionero por el nombre del lugar.

Zacatlán de la Manzana—fue su respuesta.

Pintoresco municipio del Estado de Puebla, México., ubicado en medio de llanuras, cerros y planicies. Su nombre es de origen Náhuatl, y significa ¨lugar donde abunda el zacate.¨  Exhibe el reloj floral más grande del mundo, con nueve diferentes melodías que alegran el ambiente. Es calificado como Pueblo Mágico por sus muchos atractivos turísticos; y como su nombre lo indica, es el principal productor de manzana para todo el país. La estampa de aquel bello lugar perdura en mi mente hasta el día de hoy.

Nuestro destino final era otro municipio más al norte, un poblado con el nombre de Cuautempan, al cual arrivamos ya avanzada la tarde, pues el camino de Tetela de Ocampo hasta este poblado, era de terrazería, y, 

¡A descansar¡

pues el viaje fue largo, y el servicio en la iglesia era el siguiente dia domingo.

El amanecer de ese día domingo fue expectacular para mí: abrir los ojos y sentirme rodeado por los rayos del sol, con horizontes colmados de vegetación, y soplando un tenue y fresco rocío que presagiaba un día húmedo y con mucho calor. El desayuno abundante de alimentos vivos, produjo un bienestar cabal. Lejos y libre de la Jungla de Acero, la Ciudad de México, ¡Qué relax¡

Con toda puntualidad llegaron los creyentes a cumplir sus devociones con Dios. Dió inicio la Escuela Dominical seguida del servicio de adoración. Estuve observando el semblante de los hermanos y noté la preocupación,deseperación y tristeza que les embargaba. Le pedí al Señor me diera el pasaje bíblico con el cual pudiera levantar su ánimo. Después de la presentación y saludos de rigor, llegó la hora de mi participación. Les pregunté por la razón de su dolor, y dos hermanas entre sollozos expresaron:

—Hermano, si no llueve vamos a perder nuestras cosechas, y no tendremos qué comer—

El pasaje elegido fue 2 Crónicas 7:13-15. Después de leerlo al unísono, esperé unos segundos para ver cual sería la reacción de ellos, y noté que les llamó la atención, pues justo el pasaje menciona los cielos cerrados y la falta de lluvia, las causas, la solución y la bendición. Comenté cada uno de estos puntos en el contexto de su entorno, y también la buena voluntad y amor de Dios hacia su pueblo. Hice incapie en la soberanía de Dios, el control que él tiene sobre su creación, nuestra responsabilidad de someternos a su voluntad en obediencia a sus mandatos y su divina fidelidad en cumplir sus promesas. Para dar por teminada mi participación hice un llamado a dedicarle a la oración el mayor tiempo posible, y la respuesta no se hizo esperar, de inmediato nos dedicamos a la oración por espacio de unas cuatro horas. El culto que en ese día empezó a las 10 de la mañana terminó a las 4 de la tarde.

Inusitadamente, cerca de las 6 de la tarde el cielo se empezó a nublar y a soplar un viento húmedo, para las 7.30 de la noche empezaron a caer las primeras gotas, y para las 9 de la noche aquellas gotas ya eran una lluvia ininterrumpida. Llovió toda la noche del día domingo y todo el día lunes.

Los planes del misionero al hacerme la invitación eran en el sentido de que quedara en ese lugar, unos tres días a lo menos, pero dado mi compromiso con el trabajo, me era imposible, así que optamos porque regresara el domingo por la tarde para arrivar a la Ciudad de México el lunes, entre las 10 y 11 de la mañana, descansar el resto del día y presentarme el martes a mi trabajo. Debo aclarar un dato importante; en esos años la tecnología no estaba tan avanzada como lo está hoy, si ese hubiese sido el caso, en los planes hubiéramos contemplado la posibilidad de que pudiera llover. Al ver las condiciones climáticas imperantes del momento, todos daban muy pocas esperanzas de un cambio, por tal motivo nunca pasó por nuestra mente esa posibilidad.

El lunes por la mañana me comentó el misionero sobre la condición de los caminos. Debido a que había llovido toda la noche del domingo hacía imposible salir en vehículo, por lo tanto lo recomendable era esperar hasta el martes, si dejaba de llover se podría salir, si no, la única manera de regresar era que el martes temprano, montados em bestias, nos llevaran al poblado más cercano para abordar el autobús de regreso a la ciudad. En ese mismo poblado se disponía del servicio del teléfono, allí podría llamar a mi trabajo y a mi casa para notificarles el motivo de mi demora. Le solicité a mi hermano en Cristo, me extendieera una carta para presentarla a mi trabajo y constar de ese modo la veracidad de mi reporte. También le hice varias preguntas, entre ellas, una que me tenía preocupado:

—¿Perderán los hermanos su cosecha por estas lluvias?—-

—No, todo parece indicar que tendremos un ¨temporal de lluvias¨ es decir, lloverá por varios días, tendremos abundante agua, si, pero apenas para cubrir las necesidades del campo.–

Fue su respuesta, y yo me sentí tranquilo.

Pues si, como la lluvia continuó, partimos montados en caballos, el martes a las 4 de la madrugada, bien equipados con lámparas de mano, impermeables, paraguas, botas, bolsa con alimentos, y guiados por hermanos con mucha experiencia para ese tipo de circunstancias. En condiciones normales ese viaje se hacía en hora y media, a nosotros tomó 5 horas.

Llegamos a Tetela de Ocampo, nombre del poblado donde debía abordar el autobús, a las 9.30 am, y su salida a la Ciudad de México era a las 10 am, y si no hubiera llegado a tiempo, tendría que esperar hasta el siguiente día, pues era la única salida disponible. Intenté hablar por teléfono, mas fue inútil, no había línea.

Durante el trayecto de regreso tuve tiempo para reflexionar en todos los acontecimientos que tuvieron lugar, y dar gracias a Dios por su respuesta a la oración, y por las lecciones que debía aprender. En primer lugar ¡qué Dios tan maravilloso el que tenemos¡ entre tanto estemos en este mundo tendremos muchas aflicciones, mas la promesa es que de todas ellas nos librará el Señor. En segundo lugar, en el alivio de nuestras aflicciones otros también son bendecidos; aquellas lluvias no sólo fueron de bendición a los creyentes, sino a todos los moradores de aquella región. En tercer lugar, el pasaje de 2 de Crónicas nos deja ver cual había sido la razón para que Dios cerrara los cielos, –el pecado del pueblo. El Rey David confesó que su verdor se había convertido en sequedades de verano a causa de su pecado con Betsabé (leer Salmo 32:4) ¡Qué cuadro tan desolador¡ los ríos de agua viva, de los cuales habló el Señor Jesús en Juan 7:38 se convirtieron en ríos secos. Cuando el pecado toma el control de nuestras vidas todo se torna árido: la adoración, la devoción, el amor, el servicio, sin fruto, sin gozo genuino, sin pasión ni comunión; en lugar de victoria, fracaso; en lugar de honra, deshonra, en lugar de bendición, maldición; en lugar de los frutos del Espíritu, las obras de la carne; todo lo cual produce gran tristeza al Espíritu Santo, pues su voz ha sido ignorada y su presencia valorada en nada (Leer Romanos 8:5-13; 1 Corintios 3:16; Efesios 4:30). Todo esto y mucho más acontece en la vida del creyente que le da lugar al pecado.

Gran impacto a mi alma fue el testimonio de una fiel hermana, a quien admiré por su entrega al Señor, por los dones que Dios le dió y por el liderazgo serio, calificado y reconocido por la gran mayoría de los pastores. Editaba un periódico mensual enfocado en la búsqueda de un avivamiento en el pueblo de Dios. Puesto en pocas palabras, nuestra hermana compartía su experiencia respecto a una situación en la que Dios habló a su vida. 

Sus dos hijas eran doncellas hermosas, de un carácter amable y afable, por lo mismo eran una fuerte atracción para muchos chicos. Como el padre ya había fallecido, el respeto a la mamá era grande. todo joven candidato a ser un amigo de ellas tenía que pasar primero por la aprobación de la mamá. Sin una causa aparente empezó a perder peso y a dormir menos, su carácter se alteraba facilmente, se estaba consumiendo y no sabía el porqué; esa situación empezó a preocuparle. Oró al Señor en busca de respuesta y pidiéndole examinara hasta el último rincón de su naturaleza humana, reconociendo que su sola esperanza estaba en la gracia y misericorida del Señor.

Cierto día estando sus hijas en la universidad, le hicieron una llamada telefónica: 

—Mamá, ¿podemos llevar a Roberto a casa, quiere ser nuestro amigo?

Muy alterada les contestó:

—¿Otro amigo más, si ya tienen muchos?—

Despues de dar su consentimiento, no de muy gana, al instante el Señor le habló:

—Hija mía ¿Dónde está tu primer amor? ¿amas más a tus hijas que a mí? ¿No crees que yo pueda cuidar de ellas? Tu corazón se ha opacado–

Nuestra querida hermana reconoció ante el Señor su error; pidió  de lo alto, perdón, y desde aquella hora no volvió a llevar más esa carga, la echó toda al cuidado de su maravilloso Salvador.

Tuve el gozo de conocer a esta gran sierva y de conocer a sus hijas, así  como también tuve el gozo de conocer a sus esposos cuando se casaron. Su madre estaba feliz con sus yernos, hombres de Dios, los esposos idóneos para sus hijas. Uno de ellos un gran médico cristiano, y el otro un pastor muy consagrado y dedicado a su labor. Las lluvias copiosas de lo alto habían descendido sobre la sequedad de su corazón.

Pidamos las lluvias copiosas del Espíritu Divino sobre las áreas áridas de nuestra vida espiritual, antes que el fuego devore toda devoción, pasión y consagración de nuestro andar delante de Dios, y nos convirtamos en vasos de deshonra delante de los hombres.

´SI YO CERRARE LOS CIELOS PARA QUE NO HAYA LLUVIA, Y SI MANDARE LA LANGOSTA QUE CONSUMA LA TIERRA, O SI ENVIARE PESTILENCIA A MI PUEBLO; SI DE HUMILLARE MI PUEBLO, SOBRE EL CUAL MI NOMBRE ES INVOCADO, Y ORAREN, Y BUSCAREN MI ROSTRO, Y SE CONVIERTIEREN DE SUS MALOS CAMINOS; ENTONCES YO OIRÉ DESDE LOS CIELOS, Y PERDONARÉ SUS PECADOS, Y SANARÉ SU TIERRA.¨

2 Crónicas 7:13-14

 
 

Comments are closed.

 
%d bloggers like this: